Los lunes al sol (2002): Combatir la indefensión social con cine realista

Año dos mil dos. España, junto a gran parte de la Unión Europea, asume el euro como divisa. El cambio de siglo, bajo el estandarte de la reconversión industrial y la modernización, trae consigo despidos y recortes de plantilla en numerosas empresas. Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa) es la historia de los astilleros Naval Gijón. Sus protagonistas: los trabajadores escupidos por el capital. Esta es la historia, también, de una clase obrera privada de alternativas y deseo, así como hiperresponsabilizada por su fracaso, deprimida y exhausta. 

Santa (Javier Bardem) dirige el coro de los parados, reunido religiosamente en el bar que -lejos ya de ser el espacio organizativo y eucarístico del sindicato- teatraliza la desesperanza de quien se sabe abandonado. Junto a él, José (Luis Tosar) y Amador (Celso Bugallo) comparten tragos que saben a derrota; hombres de mediana edad, desempleados y con lazos familiares tensionados o, en su defecto, inexistentes. Por otro lado, Lino (José Ángel Egido) ilustra la imposibilidad de reincorporarse a la rueda mercantil, hambrienta de jóvenes sobrecualificados y no tanto de padres despedidos. Y, por si fuera poco, el látigo del patrón sigue azotando a través de Reina, un soberbio Enrique Villén que machaca y se regodea en su posición de asalariado sobre el fatal destino de sus iguales. 

Encuentro en León de Aranoa aquello que me cautiva del cine del británico Ken Loach (Yo, Daniel Blake, 2016); realismo denso como un kilo de plomo. Así como ocurre con los géneros musicales con componente de clase, remedados y plagiados en fórmulas digestivas, despolitizadas y asequibles para el público general, la industria cinematográfica también se ha «rebajado al barro» para producir películas «realistas», «conmovedoras» y -una etiqueta totalmente repugnante- «de superación». En los directores antes citados no hallo tales absurdos, en los que «obrero conoce obrera y con el sudor de sus frentes logran salir de pobres», sino que descubro una ventana a la vida en los barrios, ajena a la meritocracia y los milagros financieros. Este largometraje no promete en vano ni jura imposibles, sino que relata la fatalidad de un sistema opresivo, omnipresente y difícilmente sorteable con un puñado de horas extras y burpees de madrugada. 

I, Daniel Blake (2016) de Ken Loach. La pintada de esta icónica secuencia reza: «Yo, Daniel Blake, exijo mi fecha de apelación antes de morir de hambre, ¡y cambiad esa mierda de música en los teléfonos!».

Los lunes al sol es, por descontado, un film que subraya lo político de la realidad. En pleno auge reaccionario, allanado por la progresiva asimilación de la cultura por el capital (no hay más que ver la cartelera del cine de tu ciudad o la plataforma de streaming que anuncian las marquesinas de tu barrio), es urgente que el cine adopte un rol crítico. En nuestro siglo, quien ostenta la narrativa imperante es quien termina legitimando su hacer político, ya sea mediante la precarización de las clases medias y bajas o, quién sabe, un genocidio al otro lado del Mediterráneo. Y es que, sin historias que nos interpelen, aúnen y comprometan, la batalla está perdida. Os recomendamos mucho (re)visitar esta fascinante película. Salut i força al canut.