Para quienes hemos crecido en pleno Norte Global, herederos de infranqueables imperios, es cómodo asociar esta jornada con los términos “fiesta”, “victoria” y “descubrimiento”. Detengámonos en este último. “Descubrir”, según la RAE, hace referencia al acto de “destapar lo que está cubierto” y, a su vez, “manifestar, hacer patente”.
Y aquí surge la pregunta:
¿Qué es el cine, si no el arte que destapa, manifiesta y hace patente aquello que se ignora?
Con motivo del Día de la Resistencia Indígena, os animamos a descubrir dos películas que, con su incalculable valor y urgencia, desafían el marco etnocultural de nuestras sociedades occidentales:
La primera de ellas, Túpac Amaru (1984), del director Federico García, insufla vida al legendario cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui Noguer, Túpac Amaru II. Hastiado por los abusos de las autoridades españolas, lidera la “Gran rebelión” a finales del siglo XVIII, lo cual inspirará la eventual oleada independentista de las colonias americanas. Tras un conato de producción estadounidense, que postulaba a Marlon Brando en el rol protagonista, fue el actor peruano Reynaldo Arenas quien terminó por encarnar al guerrillero.

La segunda película es Wiñaypacha (2017), de Óscar Catacora. Siendo muy probable que dediquemos un artículo a este director, nos abstendremos de desentrañar sus particularidades. La premisa es suficientemente atractiva: un largometraje escrito íntegramente en aymara y rodado en el monte Allincapac (5.807 m). Dos ancianos, desde los remotos Andes, esperan confiados la vuelta de su único hijo, que emigró a la metrópoli.


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