Fin. Créditos. Cientos de nombres recorren la pantalla. Fundido a negro. Y vuelve la luz. Descubro que la sala está llena. Me extraño. Hace algo más de una hora que siento una profunda soledad. Alguien llora. Abandono el cine en completo silencio, sorteo una pareja que se abraza y, por fin, alcanzo la calle. Me despido de unos amigos. Ahora, esta vez sí, estoy solo. De camino a casa me detengo. Pienso en la película, escucho a Hind y siento culpa por no anegarme en llanto. Cómo, por qué, hasta cuándo.
Recuerdo mi infancia como un largo día en la playa. Llenar un cubo de agua, correr sobre las rocas, crecer con los pies mojados. Hoy contemplo el mar y siento una punzada. Y en él, me sumerjo sabiéndome parte de la hemorragia. El Mediterráneo es una morgue que nadie visita. No es más que un charco entre mis álbumes de fotos y un pueblo que pide auxilio. Qué pensarán los peces, las algas, las olas. A un lado, bañan castillos de arena y, al otro, cadáveres.
El 29 de enero de 2024, una niña palestina llamada Hind Rajab viajaba junto a sus primos y tíos. Huían del barrio de Tel al-Hawa, en la Franja de Gaza, tras recibir la orden de evacuación del Ejército israelí. Este, cuando patrullaba ilegalmente la barriada, acribilló el coche de la familia dejando a la pequeña Hind rodeada de seis cadáveres. Así permaneció durante las siguientes horas: escondida en un habitáculo lleno de sangre y metralla, sola, invisible. La Media Luna Roja Palestina logró contactar con ella, dejando para la posteridad una llamada telefónica para la que no existe calificativo.

Apoyándose en el registro original, la cineasta tunecina Kaouther Ben Hania reconstruye los hechos en su última película, La voz de Hind Rajab (2025). Durante una hora y media, nos internamos en la Media Luna Roja en Cisjordania, donde se coordinan los rescates de la población gazatí asediada. El rodaje se produjo clandestinamente en Túnez y consta de una única ubicación: la oficina. De esta forma, se omite la representación explícita de los crímenes narrados, señalando que el impacto de los proyectiles no se limita a Gaza sino que también desola a quienes luchan contra la maquinaria genocida israelí. En palabras de la directora, “a veces lo que no se ve es más devastador que lo que se ve”.
La voz de Hind Rajab nos grita al oído que todo está perdido. Un Estado asesina niños por miles y bombardea ambulancias sin que nadie -ni la ONU, ni la UE, ni cualquier escuadrón de corbatas impotentes- le pare los pies. Israel lleva décadas operando al margen de toda legislación, y la condena más contundente no proviene de ningún tribunal. Quienes nos alzamos contra la barbarie no somos jueces, políticos o militares; somos estudiantes, artistas y trabajadoras. Es aquí donde el cine ha de articularse como altavoz que proyecte la resistencia palestina.
Por su parte, Hollywood se ha convertido en un bastión para los sionistas, cuyos crímenes son legitimados por figuras de la talla de Quentin Tarantino, Michael Douglas o Jamie Lee Curtis. Películas como la de Ben Hania pugnan por arrancar el velo mediático que Israel, con la complicidad de Occidente, ha impuesto a la población gazatí. Y, en este sentido, es importante la cautela ante las “pequeñas victorias” como el Oscar al documental No Other Land (2024) mientras las bombas siguen cayendo y la ayuda humanitaria es sistemáticamente bloqueada.

Es más, Odeh Hadalin, el activista y cocreador del documental galardonado, fue asesinado por un grupo de colonos en la Cisjordania ocupada. En tan sólo unos meses, el palestino pasó de ser premiado por la prestigiosa Academia a recibir un disparo mortal que, a todas luces, también lleva sello estadounidense. Esta disonancia entre palabras y hechos no huele a nuevo. Es el mismo cimiento de la propaganda proisraelí, así como de la falsa solución de los dos Estados o del relato que señala el 7 de octubre como detonante de la “guerra” que se empeñan en justificar.
Respecto a La voz de Hind Rajab, el reconocimiento internacional no cesa: León de Plata en Venecia, Premio del Público en San Sebastián y, aquí en València, Premio del Público de La Mostra. Ante una industria del entretenimiento acrítica –e históricamente regida por intereses imperialistas– es vital hacer del cine nuestra mesa de trabajo. Filmes como este han de integrarse en un todo resistente, un cuerpo que luche y desactive las lógicas del terror que dicta la Casa Blanca. No podemos dejar caer los testimonios palestinos en lo anecdótico, lo puntual, lo irrelevante. Cada Hind Rajab y cada Odeh Hadalin encarnan miles de vidas borradas del mapa. Miles de cuerpos desaparecidos bajo los escombros de sus casas.

Como espectadores, no podemos pretender que todo suceda en la pantalla. Celebramos cada proyección, cada coloquio, cada festival que alienta la lucha contra el genocidio. Pero no es suficiente. No basta con horrorizarse y sollozar en esta cómoda butaca; hay que salir, hacer visible, molestar. Que el cine no sea en vano. Como profetizó el palestino Refaat Alareer, asesinado en septiembre de 2023:
Si debo morir
tú debes vivir
para contar mi historia
para vender mis cosas
para comprar un trozo de tela
y algunos hilos,
(hazlo blanco con una cola larga)
para que un niño, en alguna parte de Gaza,
mientras mire a los ojos al cielo
esperando a su padre que se fue entre las llamas
–y no se despidió de nadie
ni siquiera de su carne
ni siquiera de sí mismo–
mire el volantín, el volantín que me hiciste, volando alto
y piensa por un momento que hay un ángel ahí
devolviéndole amor.
Si debo morir
deja que traiga esperanza
deja que sea una historia.

En recuerdo de las víctimas del genocidio palestino y de todos los pueblos saqueados y exterminados por el imperialismo a lo largo de la historia. En este Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino nuestro corazón está al otro lado del mar Mediterráneo.
Sumūd
صمود


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