Autor: Carlos Gil Selfa

  • La voz de Hind Rajab (2025): Tú debes vivir para contar mi historia

    La voz de Hind Rajab (2025): Tú debes vivir para contar mi historia

    Fin. Créditos. Cientos de nombres recorren la pantalla. Fundido a negro. Y vuelve la luz. Descubro que la sala está llena. Me extraño. Hace algo más de una hora que siento una profunda soledad. Alguien llora. Abandono el cine en completo silencio, sorteo una pareja que se abraza y, por fin, alcanzo la calle. Me despido de unos amigos. Ahora, esta vez sí, estoy solo. De camino a casa me detengo. Pienso en la película, escucho a Hind y siento culpa por no anegarme en llanto. Cómo, por qué, hasta cuándo.

    Recuerdo mi infancia como un largo día en la playa. Llenar un cubo de agua, correr sobre las rocas, crecer con los pies mojados. Hoy contemplo el mar y siento una punzada. Y en él, me sumerjo sabiéndome parte de la hemorragia. El Mediterráneo es una morgue que nadie visita. No es más que un charco entre mis álbumes de fotos y un pueblo que pide auxilio. Qué pensarán los peces, las algas, las olas. A un lado, bañan castillos de arena y, al otro, cadáveres.

    El 29 de enero de 2024, una niña palestina llamada Hind Rajab viajaba junto a sus primos y tíos. Huían del barrio de Tel al-Hawa, en la Franja de Gaza, tras recibir la orden de evacuación del Ejército israelí. Este, cuando patrullaba ilegalmente la barriada, acribilló el coche de la familia dejando a la pequeña Hind rodeada de seis cadáveres. Así permaneció durante las siguientes horas: escondida en un habitáculo lleno de sangre y metralla, sola, invisible. La Media Luna Roja Palestina logró contactar con ella, dejando para la posteridad una llamada telefónica para la que no existe calificativo.

    Equipo de La voz de Hind Rajab en el Festival Internacional de Cine de Venecia, posando con la foto de la niña asesinada por las fuerzas armadas de Israel.

    Apoyándose en el registro original, la cineasta tunecina Kaouther Ben Hania reconstruye los hechos en su última película, La voz de Hind Rajab (2025). Durante una hora y media, nos internamos en la Media Luna Roja en Cisjordania, donde se coordinan los rescates de la población gazatí asediada. El rodaje se produjo clandestinamente en Túnez y consta de una única ubicación: la oficina. De esta forma, se omite la representación explícita de los crímenes narrados, señalando que el impacto de los proyectiles no se limita a Gaza sino que también desola a quienes luchan contra la maquinaria genocida israelí. En palabras de la directora, “a veces lo que no se ve es más devastador que lo que se ve”.

    La voz de Hind Rajab nos grita al oído que todo está perdido. Un Estado asesina niños por miles y bombardea ambulancias sin que nadie -ni la ONU, ni la UE, ni cualquier escuadrón de corbatas impotentes- le pare los pies. Israel lleva décadas operando al margen de toda legislación, y la condena más contundente no proviene de ningún tribunal. Quienes nos alzamos contra la barbarie no somos jueces, políticos o militares; somos estudiantes, artistas y trabajadoras. Es aquí donde el cine ha de articularse como altavoz que proyecte la resistencia palestina.

    Por su parte, Hollywood se ha convertido en un bastión para los sionistas, cuyos crímenes son legitimados por figuras de la talla de Quentin Tarantino, Michael Douglas o Jamie Lee Curtis. Películas como la de Ben Hania pugnan por arrancar el velo mediático que Israel, con la complicidad de Occidente, ha impuesto a la población gazatí. Y, en este sentido, es importante la cautela ante las “pequeñas victorias” como el Oscar al documental No Other Land (2024) mientras las bombas siguen cayendo y la ayuda humanitaria es sistemáticamente bloqueada.

    Es más, Odeh Hadalin, el activista y cocreador del documental galardonado, fue asesinado por un grupo de colonos en la Cisjordania ocupada. En tan sólo unos meses, el palestino pasó de ser premiado por la prestigiosa Academia a recibir un disparo mortal que, a todas luces, también lleva sello estadounidense. Esta disonancia entre palabras y hechos no huele a nuevo. Es el mismo cimiento de la propaganda proisraelí, así como de la falsa solución de los dos Estados o del relato que señala el 7 de octubre como detonante de la “guerra” que se empeñan en justificar.

    Respecto a La voz de Hind Rajab, el reconocimiento internacional no cesa: León de Plata en Venecia, Premio del Público en San Sebastián y, aquí en València, Premio del Público de La Mostra. Ante una industria del entretenimiento acrítica –e históricamente regida por intereses imperialistas– es vital hacer del cine nuestra mesa de trabajo. Filmes como este han de integrarse en un todo resistente, un cuerpo que luche y desactive las lógicas del terror que dicta la Casa Blanca. No podemos dejar caer los testimonios palestinos en lo anecdótico, lo puntual, lo irrelevante. Cada Hind Rajab y cada Odeh Hadalin encarnan miles de vidas borradas del mapa. Miles de cuerpos desaparecidos bajo los escombros de sus casas.

    Hind Rami Iyad Rajab (هند رامي إياد رجب‎; 3 de mayo de 2018 – 29 de enero de 2024)

    Como espectadores, no podemos pretender que todo suceda en la pantalla. Celebramos cada proyección, cada coloquio, cada festival que alienta la lucha contra el genocidio. Pero no es suficiente. No basta con horrorizarse y sollozar en esta cómoda butaca; hay que salir, hacer visible, molestar. Que el cine no sea en vano. Como profetizó el palestino Refaat Alareer, asesinado en septiembre de 2023:

    Si debo morir

    tú debes vivir

    para contar mi historia

    para vender mis cosas

    para comprar un trozo de tela

    y algunos hilos,

    (hazlo blanco con una cola larga)

    para que un niño, en alguna parte de Gaza,

    mientras mire a los ojos al cielo

    esperando a su padre que se fue entre las llamas

    –y no se despidió de nadie

    ni siquiera de su carne

    ni siquiera de sí mismo–

    mire el volantín, el volantín que me hiciste, volando alto

    y piensa por un momento que hay un ángel ahí

    devolviéndole amor.

    Si debo morir

    deja que traiga esperanza

    deja que sea una historia.

    En recuerdo de las víctimas del genocidio palestino y de todos los pueblos saqueados y exterminados por el imperialismo a lo largo de la historia. En este Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino nuestro corazón está al otro lado del mar Mediterráneo.

    Sumūd

    صمود

  • El último vikingo (2025): El tesoro, en el patio de casa

    El último vikingo (2025): El tesoro, en el patio de casa

    Anders Thomas Jensen, ganador del Óscar a mejor cortometraje en 1999 por Election Night, estrenó su último largo El último vikingo o Den sidste viking (2025) en Venecia. Unos meses más tarde, el festival de cine fantástico Maniatic nos brinda su exclusiva proyección en nuestra ciudad, València. Protagonizada por un Mads Mikkelsen (Manfred) que abandona su emblemático rol de villano (The Three Musketeers, 2011) y un compacto Nikolaj Lie Kaas (Anker), la película nos empapa del característico ácido del norte de Europa. 

    Intersectando con el noir y el thriller, la comedia arranca con la aparatosa detención de Anker. Este confía a su hermano Manfred un jugoso botín que debe esconder, pero tras quince años de condena le estalla la realidad en la cara: Manfred acusa un trastorno de identidad disociativo (TID) que parece bloquear su memoria. La única esperanza que abriga Anker es que sus 41 millones de coronas (unos 6,5 millones de dólares) están enterradas cerca de casa de su madre, donde se desarrolla la trama principal. Es, de hecho, el escenario de numerosos flashbacks que redimen los puntos ciegos del presente. Manfred, quien ahora se hace llamar John Lennon, acentúa sus síntomas para disgusto de su hermano, que niega categóricamente su nueva identidad. Juntos, nos lanzan de lleno al absurdo.

    El último vikingo aparenta ser la búsqueda del tesoro. El dinero se presenta como fin, y el atropellado ímpetu de Anker no hace más que corroborarlo. No obstante, Jensen se sirve de este cliché para ubicar la reflexión en otro elemento: la identidad. En este sentido, Mikkelsen reinventa su savoir-faire con una actuación sin precedentes en su carrera. El trastorno mental que caricaturiza hace de su personaje una bomba de relojería que hace saltar todo por los aires al mínimo traspié. Con oportunas licencias artísticas –cuyo examen no hemos de obviar–, Manfred arrancó las carcajadas de quienes llenaban la sala aquella noche. Y no tardarían en llegar Søren Malling y Sofie Gråbøl para potenciar, elevar y enriquecer los arrebatos del gigante danés.

    El trastorno de identidad disociativo o TID es lo que, hasta hace no muchos años, conocíamos por trastorno de personalidad múltiple. Se ha descrito un amplio repertorio sintomático, del cual destacamos: amnesia disociativa, Schneiderian (síntomas de primer orden que suelen asociarse exclusivamente a la esquizofrenia, como por ejemplo alucinaciones auditivas o creencia de que los actos propios obedecen a fuerzas externas), despersonalización y confusión de identidad. Aunque no siempre sea así, Manfred parece haber desarrollado TID de forma traumagénica; sufrió maltrato infantil repetido y esto desorganizó su apego. Se estima que entre un 1 y un 1,5 por ciento de la población mundial se ajusta a este diagnóstico.

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    Pintura de Ria Pratt, una de las 20 personalidades que viven dentro de Kim Noble, artista de origen inglés que, con catorce años, obtuvo un diagnóstico de TID. En esta personalidad, Kim vive a través de una niña de trece años. Siendo en este caso una niña encerrada en un cuerpo adulto, sus pinturas rezuman imaginación, pero también canalizan un dolor enquistado.

    El argumento inicial pronto se subordina a otra misión hilarante. El personaje de Lars Brygmann, a medio camino entre genio y lunático, propone reunir a la mítica banda The Beatles. Eso sí, desde Ringo Starr hasta George Harrison, los músicos también han de ser como Manfred, pacientes de TID. De este modo, los hermanos transitan senderos paralelos que rehúyen de converger. La casa familiar como telón de fondo les obliga a enfrentar un pasado rebosante de fantasmas, silencio y abandono. Es a través del difunto padre como el filme ata cabos y resuelve –con cierta torpeza– las ecuaciones que plantea durante el primer acto. 

    En líneas generales, Jensen cumple cuanto promete; El último vikingo propina dos horas de entretenimiento con desplantes intimistas. Esta fórmula, aunque efectiva, peca de ambigua o, por muy tosco que suene, de irrelevante. Y es que el trastorno que sufre Manfred, motor de gran parte de la cinta, termina por gripar en su redundancia. Si bien es pertinente la  inclusión –cuantos más cuerpos y mentes en la gran pantalla mejor–, siempre se corre el peligro de sobrerrepresentar aquello extravagante y, entonces, caer en la mera instrumentalización del paciente psiquiátrico.

  • 20-N: 50 anys de silenci

    20-N: 50 anys de silenci

    Com tots sabeu, hui fa exactament cinquanta anys Francisco Franco anà a sopar amb Sant Pere. Llegant un país “atado y bien atado”, el dictador moria al llit envoltat de familiars, amics i esbirros. Mentrestant, curiosos s’amuntegaven entorn de la ràdio i especulaven amb un canvi que, malgrat algú pense el contrari, mai va tindre lloc. La ruptura dels lligams institucionals i simbòlics amb el feixisme és encara una tasca pendent. Més de cent mil cossos romanen desapareguts i, com que els familiars que reclamen justícia són cada cop més majors, és prioritària l’acció. Des de la trinxera de les arts també és el nostre deure condemnar i assenyalar els culpables; els feixistes han provat àmpliament el potencial de la cultura amb les seues implacables campanyes de censura. Amb motiu d’aquest dia tan carregat d’història, vos recomanem tres obres fonamentals per comprendre la Guerra Civil Espanyola, la posguerra i la dictadura franquista.

    “Después de…” de Cecilia i José Juan Bartolomé, 1981. Dividit en dos parts (“No se os puede dejar solos” i “Atado y bien atado”), aquest reportatge recull allò que es cridava als carrers espanyols de 1979 i 1980. Al marge dels mitjans tradicionals, els germans Bartolomé acoblen un testimoni cru, honest, que poc o res té a vore amb el relat oficial de la transició. Amb notables ressons a La batalla de Chile de Patricio Guzmán, és un arxiu històric valuosíssim.

    Esto contiene una imagen de: Después de... Segunda parte: Atado y bien atado (Cecilia Bartolomé y José J. Bartolomé, 1983)

    “Land and freedom” de Ken Loach, 1995. Inspirada per l’obra d’Orwell, “Homenatge a Catalunya”, aquest film internacional relata el pas d’un comunista britànic pel front d’Aragó. Allistat al POUM, viu les llices internes a la retaguàrdia antifeixista davant un enemic que tanca files i avança tenaç. Aquesta cinta il·lustra la precarietat de la resistència miliciana i compta amb l’actuació d’una jove Icíar Bollaín.

    Land and Freedom Review | Movie - Empire

    “La invasió dels bàrbars” de Vicent Monsonís, 2025. Producte valencià, adaptació de l’obra teatral de Chema Cardeña i un exercici de memòria que repta les nostres institucions. Al 1939, una conservadora del Museu del Prado és interrogada per un coronel franquista. En el present, la seua neta lluita per obrir la fossa comú on sospita que està soterrada. Una demostració de talent local, compromís i veritat. No perdeu l’oportunitat de vore-la.

  • [REC] (2007): El terror es un rostro conocido

    [REC] (2007): El terror es un rostro conocido

    Nunca me gustó el cine de terror. Quizá, especulaciones junguianas aparte, nunca haya sido santo de mi devoción por culpa de mi hermano mayor. Sí, él, figura de apego y compañero del que tanto presumo, decidió que para mí, que con suerte contaba hasta diez, ya era hora de mirar al miedo de frente. Recuerdo aquel visionado de Zombieland (Ruben Fleischer, 2007), que muchos -como mi hermano- consideraréis una comedia, como una pesadilla atroz de mi infancia. ¿Qué ocurrió después para que hoy esté escribiendo sobre otra película de zombies?

    Aunque pareciese decidido a proteger mi psique del horror, finalmente volví a caer en la trampa. Esta vez, muchos años más tarde, no hubo hermano mayor ni extorsión alguna. En medio de una noche que pasé solo en casa, compré un billete de ida llamado [REC] (2007), pilotado por Jaume Balagueró y Paco Plaza, y desde entonces todo ha cambiado. Aquello que antaño fue rechazo y pánico irracionales, hoy es entrega y, sobre todo, fascinación.

    El film en cuestión, a través del formato de “metraje encontrado” -ya de por sí escalofriante-, arranca con la reportera Ángela Vidal (Manuela Velasco) presentando el programa televisivo “Mientras usted duerme”, cuya premisa es recorrer la noche barcelonesa junto a su camarógrafo, Pablo (Pablo Rosso). Esa misma madrugada, cuando retransmiten las actividades de un equipo de bomberos, se ven inmersos en una anómala emergencia que escalará en índice de peligrosidad hasta lo bizarro. La trama se desarrolla en un bloque céntrico, donde varios vecinos alertan los gritos de una anciana inquilina que parece haberse atrincherado en su cuarto. Dos policías, junto a Ángela y Pablo, irrumpen en lo que está a punto de convertirse en la escena del crimen, epicentro de un “Mientras usted duerme” definitivamente atípico. Una vez los periodistas abandonan la vivienda, descubren que el ejército ha puesto el edificio en cuarentena, negándoles toda posibilidad de escape. No les queda otra que seguir adelante con la retransmisión para así, al menos, registrar su odisea.

    Envidio profundamente a quienes acudieron a su estreno en cines, afortunados testigos del “fenómeno REC” que arrasó las carteleras españolas. En el reciente documental [REC] Terror sin pausa (2022), sus autores rememoran con evidente nostalgia las primeras proyecciones: aquellos aullidos, espasmos y retortijones que sacudían cada sala del país y que, en su conjunto, ya corroboraban la excelencia del largometraje. Es más, [REC] conquistó al público del Festival Internacional de Sitges y obtuvo hasta tres nominaciones a los Premios Goya del año 2007, alzándose con la estatuilla en las categorías de “Mejor montaje” y “Mejor actriz revelación” (David Gallart y Manuela Velasco, respectivamente).

    La película de la que os hablo, de modesta producción, reventó las taquillas con hasta 32 millones de dólares de recaudación, lo cual apresuró su remake hollywoodense, Quarantine (2008). Su éxito se debe mucho a lo siniestro del argumento, fusión de lo familiar con lo extraño. Un patio de vecinos normal y corriente es filmado por unos reporteros, ¿qué podría salir mal? Es esta cotidianidad la responsable de que, pese a contemplar un macabro catálogo de sucesos, no queramos despegar los ojos de la pantalla. Cada célula de mi cuerpo demandaba un frame más, un último remate de locura aunque este me impidiese conciliar el sueño.

    Heather Fiveson, en su ensayo académico Horror and society, hace uso de la idea de Jacques Lacan del “estadio del espejo” para teorizar cómo el cine refleja deseos y carencias humanas. Siguiendo esta lógica, el género de terror canaliza aquellos impulsos que Freud ubicaría en el Ello de una forma segura y controlada, esquivando las fauces de lo socialmente admisible y suministrando al espectador cierto goce. La amígdala, ese rincón del cerebro que procesa las emociones, recibe un cargado cóctel de miedo y placer cada vez que vemos una película como [REC]. Y, en este sentido, Fiveson también rescata las palabras del investigador Adam Lowenstein para afirmar que el cine permite “abordar los traumas históricos y confrontar a los espectadores con ellos”. Del mismo modo que, según la autora, The Purge (2013) representa la lucha de clases -desde una óptica marxista- o Get Out (2017) denuncia el racismo, podríamos decir que [REC] ilustra el miedo a lo invisible, al contagio. Y, por otro lado, a las estructuras de control.

    Daniel Kaluuya en Get out (2017), film que, con su potentísima crítica hacia el colorblindness, la Norteamérica «post racial» y el neoliberalismo, generó un impacto social sin precedentes.

    En estas fechas, de marcado interés por lo grotesco, es oportuno plantear qué función cumple el terror en nuestras sociedades o qué representan los monstruos que aparecen en la gran pantalla. Resulta más importante que nunca detenerse a estudiar -sin desmerecer, estigmatizar o criminalizar al espectador- ciertas tendencias como el splatter, un subgénero de terror en el que abunda lo gore, las vísceras y la sangre. La profesora Margarita Cuéllar Barona, en la línea de Hiveson, realiza un análisis histórico del cine de terror y concluye, respecto al subgénero antes citado, que “reconocer la manera como el cine de horror se capitaliza del desprecio cristiano sobre el cuerpo resulta clave para entender algunos aspectos detrás de la fascinación por las películas que conforman el splatter”.

    Volviendo a [REC], resulta sugerente que la sociedad española del momento, al borde de la crisis financiera del 2008, acogiera con tanto entusiasmo esta cinta de terror. De igual modo que yo, cuando vi Zombieland, imaginé la posibilidad de una invasión zombie como el peor de los escenarios, me atrevo a plantear que algo de lo que cuenta [REC] aterraba -y aterra- especialmente a los españoles: la represión. En el momento que Ángela y Pablo son privados de escapatoria, reconocemos dos monstruos: una peligrosa infección y el autoritarismo de las fuerzas de seguridad. La violencia heredada del franquismo y la indiferencia institucional ante el inminente colapso económico son algunos de los ingredientes que pudieron haber potenciado el picante de [REC]. Siguiendo el pensamiento de Robin Wood, “el cine de horror opera de manera similar a los sueños, en la medida en que revela temas que no pueden ser abiertamente enunciados” (Cuéllar, 2007).

    Robin Wood (1931-2009) fue un crítico de cine y educador inglés. En su obra encontramos estudios sobre las trayectorias de Alfred HitchcockHoward HawksSatyajit RayIngmar BergmanMichelangelo AntonioniArthur Penn. (Wikipedia)

    Cuéllar Barona, M. (2007). La figura del monstruo en el cine de horror. Nómadas, (26), 227–246. Universidad Central, Colombia.

    Fiveson, H. (2021). Horror and society [Trabajo académico, Lynn University].

    Wikipedia contributors. (2025, March 10). Robin Wood (critic). In Wikipedia, The Free Encyclopedia. from https://en.wikipedia.org/w/index.phptitle=Robin_Wood_(critic)&oldid=1279688658

  • Qué ver el Día de la Resistencia Indígena

    Qué ver el Día de la Resistencia Indígena

    Para quienes hemos crecido en pleno Norte Global, herederos de infranqueables imperios, es cómodo asociar esta jornada con los términos “fiesta”, “victoria” y “descubrimiento”. Detengámonos en este último. “Descubrir”, según la RAE, hace referencia al acto de “destapar lo que está cubierto” y, a su vez, “manifestar, hacer patente”.

    Y aquí surge la pregunta:

    ¿Qué es el cine, si no el arte que destapa, manifiesta y hace patente aquello que se ignora?

    Con motivo del Día de la Resistencia Indígena, os animamos a descubrir dos películas que, con su incalculable valor y urgencia, desafían el marco etnocultural de nuestras sociedades occidentales:

    "Túpac Amaru" (1984), de Federico García: una reseña histórica

    La primera de ellas, Túpac Amaru (1984), del director Federico García, insufla vida al legendario cacique cusqueño José Gabriel Condorcanqui Noguer, Túpac Amaru II. Hastiado por los abusos de las autoridades españolas, lidera la “Gran rebelión” a finales del siglo XVIII, lo cual inspirará la eventual oleada independentista de las colonias americanas. Tras un conato de producción estadounidense, que postulaba a Marlon Brando en el rol protagonista, fue el actor peruano Reynaldo Arenas quien terminó por encarnar al guerrillero.

    La segunda película es Wiñaypacha (2017), de Óscar Catacora. Siendo muy probable que dediquemos un artículo a este director, nos abstendremos de desentrañar sus particularidades. La premisa es suficientemente atractiva: un largometraje escrito íntegramente en aymara y rodado en el monte Allincapac (5.807 m). Dos ancianos, desde los remotos Andes, esperan confiados la vuelta de su único hijo, que emigró a la metrópoli.

  • La mort de Guillem (2020): Per un 9 d’Octubre amb memòria

    La mort de Guillem (2020): Per un 9 d’Octubre amb memòria

    Segons l’American Psychological Association (APA), la memòria és «una informació o una experiència passada específica que es recorda». Permet a l’individu recuperar el seu primer bes, l’aniversari del veí o per què va deixar de fumar. Els problemes sorgixen quan elevem l’estudi de la memòria al col·lectiu, i és que les hegemonies culturals patixen d’amnèsia selectiva.

    Hui, 9 d’Octubre, els valencians i les valencianes celebrem la nostra diada. Més enllà d’esdeveniments històrics i gestes bèl·liques, com ara l’entrada de Jaume I a la ciutat de València (llavors Balànsiya), trobem pertinent retre homenatge als qui posen el cos per les llibertats socials i polítiques al nostre territori. En la present conjuntura mundial, hostil a qualsevol divergència ètnica, confessional o idiomàtica, entre d’altres, s’ha de continuar celebrant allò propi, allò minoritari i particular, com la riquesa que sempre ha sigut i serà. Aquesta diada, volem recordar una figura transversal a moltes lluites pàtries, car primer haurem de fer memòria.

    L’onze d’abril del mil nou-cents noranta-tres, a la localitat de Montanejos (Alt Millars), un esquadró de feixistes -integrats al Komando Marchalenes IV Reich- assassinen a sang freda Guillem Agulló i Salvador, un jove burjassoter i compromés militant independentista (Maulets) i antifeixista (SHARP). Aquest crim, d’evident component ideològic, només seria condemnat com a tal pels partits i organitzacions d’esquerra. La conseqüent despolitització del cas, inclús per part dels jutges, acabaria per silenciar la memòria d’un atemptat contra la llibertat en favor del passat més fosc de l’estat espanyol. Mentre els assassins marxen al so del Cara al Sol, el cercle de Guillem patix l’oblit i l’abandonament de les institucions.

    Yani Collado interpretant el paper de Guillem Agulló. Imatge de La Directa.

    L’any 2020, el català Carlos Marqués-Marcet (10.000 km, 2014; Els dies que vindran, 2019) torna la mirada cap a aquella matinada de l’any noranta-tres amb l’estrena de La mort de Guillem. Quasi trenta anys després, milers d’espectadors redescobrixen un dels episodis més tristos de la nostra història. Amb una reconstrucció meticulosa dels fets personals i legals que envoltaren l’assassinat, Marqués-Marcet fa un exercici molt digne de memòria col·lectiva, allunyant-se d’un cinema equidistant i, a més, esquivant reeixidament el pamflet. Malgrat puga pecar de producte pseudotelevisiu, este film recull anys de protesta contra l’irritant silenci dels governs i part de la societat civil, subratllant la importància de reconéixer les violències que s’exercixen contra les dissidències polítiques al nostre país. El rodatge va estar interromput per pintades d’índole neonazi a diverses façanes, que finalment van ser incloses a l’escenografia.

    Amb actuacions de reconeguts actors d’arreu del País Valencià i Catalunya, com ara Pablo Molinero (Chinas, 2023), La mort de Guillem ens apropa a la pèrdua del fill, del germà i del company. Tot i que amplis sectors de l’espectre polític valencià rebutgen i traven el relat de la família Agulló i Salvador, la pel·lícula trencà tabús i assenyalà els còmplices i els hereus d’eixa violència al nostre territori. Els culpables de la necessitat d’aquest llargmetratge gaudixen d’una llibertat que no els pertany, i que fa trenta-dos anys li van arrabassar a un adolescent. Fins i tot, Pedro Cuevas (assassí material) només va enfrontar quatre anys a presó, després dels quals sigué candidat d’Aliança Nacional per Xiva, al 2007.

    És en casos com este que hem de reivindicar el poder del cinema per a injectar esperança, ràbia, tendresa o por en el seu públic. Així com la Història -en majúscules- conforma relats, narratives i cròniques, el sèptim art és una de les eines que fan servir els desposseïts i els perdedors per qüestionar-la. Hui, a cinc anys de la seua estrena, et recomanem vore La mort de Guillem. I, com diria La Gossa Sorda, digues als joves de Burjassot “que guarden el foc encès, només en queda el caliu però temps al temps, perquè la lluita és dura però sura sobre el temps”.

    Guillem Agulló, ni oblit ni perdó.

    Per un 9 d’Octubre amb memòria.

    #32AnysAmbGuillem

  • Los lunes al sol (2002): Combatir la indefensión social con cine realista

    Los lunes al sol (2002): Combatir la indefensión social con cine realista

    Año dos mil dos. España, junto a gran parte de la Unión Europea, asume el euro como divisa. El cambio de siglo, bajo el estandarte de la reconversión industrial y la modernización, trae consigo despidos y recortes de plantilla en numerosas empresas. Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa) es la historia de los astilleros Naval Gijón. Sus protagonistas: los trabajadores escupidos por el capital. Esta es la historia, también, de una clase obrera privada de alternativas y deseo, así como hiperresponsabilizada por su fracaso, deprimida y exhausta. 

    Santa (Javier Bardem) dirige el coro de los parados, reunido religiosamente en el bar que -lejos ya de ser el espacio organizativo y eucarístico del sindicato- teatraliza la desesperanza de quien se sabe abandonado. Junto a él, José (Luis Tosar) y Amador (Celso Bugallo) comparten tragos que saben a derrota; hombres de mediana edad, desempleados y con lazos familiares tensionados o, en su defecto, inexistentes. Por otro lado, Lino (José Ángel Egido) ilustra la imposibilidad de reincorporarse a la rueda mercantil, hambrienta de jóvenes sobrecualificados y no tanto de padres despedidos. Y, por si fuera poco, el látigo del patrón sigue azotando a través de Reina, un soberbio Enrique Villén que machaca y se regodea en su posición de asalariado sobre el fatal destino de sus iguales. 

    Encuentro en León de Aranoa aquello que me cautiva del cine del británico Ken Loach (Yo, Daniel Blake, 2016); realismo denso como un kilo de plomo. Así como ocurre con los géneros musicales con componente de clase, remedados y plagiados en fórmulas digestivas, despolitizadas y asequibles para el público general, la industria cinematográfica también se ha «rebajado al barro» para producir películas «realistas», «conmovedoras» y -una etiqueta totalmente repugnante- «de superación». En los directores antes citados no hallo tales absurdos, en los que «obrero conoce obrera y con el sudor de sus frentes logran salir de pobres», sino que descubro una ventana a la vida en los barrios, ajena a la meritocracia y los milagros financieros. Este largometraje no promete en vano ni jura imposibles, sino que relata la fatalidad de un sistema opresivo, omnipresente y difícilmente sorteable con un puñado de horas extras y burpees de madrugada. 

    I, Daniel Blake (2016) de Ken Loach. La pintada de esta icónica secuencia reza: «Yo, Daniel Blake, exijo mi fecha de apelación antes de morir de hambre, ¡y cambiad esa mierda de música en los teléfonos!».

    Los lunes al sol es, por descontado, un film que subraya lo político de la realidad. En pleno auge reaccionario, allanado por la progresiva asimilación de la cultura por el capital (no hay más que ver la cartelera del cine de tu ciudad o la plataforma de streaming que anuncian las marquesinas de tu barrio), es urgente que el cine adopte un rol crítico. En nuestro siglo, quien ostenta la narrativa imperante es quien termina legitimando su hacer político, ya sea mediante la precarización de las clases medias y bajas o, quién sabe, un genocidio al otro lado del Mediterráneo. Y es que, sin historias que nos interpelen, aúnen y comprometan, la batalla está perdida. Os recomendamos mucho (re)visitar esta fascinante película. Salut i força al canut.