Anders Thomas Jensen, ganador del Óscar a mejor cortometraje en 1999 por Election Night, estrenó su último largo El último vikingo o Den sidste viking (2025) en Venecia. Unos meses más tarde, el festival de cine fantástico Maniatic nos brinda su exclusiva proyección en nuestra ciudad, València. Protagonizada por un Mads Mikkelsen (Manfred) que abandona su emblemático rol de villano (The Three Musketeers, 2011) y un compacto Nikolaj Lie Kaas (Anker), la película nos empapa del característico ácido del norte de Europa.
Intersectando con el noir y el thriller, la comedia arranca con la aparatosa detención de Anker. Este confía a su hermano Manfred un jugoso botín que debe esconder, pero tras quince años de condena le estalla la realidad en la cara: Manfred acusa un trastorno de identidad disociativo (TID) que parece bloquear su memoria. La única esperanza que abriga Anker es que sus 41 millones de coronas (unos 6,5 millones de dólares) están enterradas cerca de casa de su madre, donde se desarrolla la trama principal. Es, de hecho, el escenario de numerosos flashbacks que redimen los puntos ciegos del presente. Manfred, quien ahora se hace llamar John Lennon, acentúa sus síntomas para disgusto de su hermano, que niega categóricamente su nueva identidad. Juntos, nos lanzan de lleno al absurdo.

El último vikingo aparenta ser la búsqueda del tesoro. El dinero se presenta como fin, y el atropellado ímpetu de Anker no hace más que corroborarlo. No obstante, Jensen se sirve de este cliché para ubicar la reflexión en otro elemento: la identidad. En este sentido, Mikkelsen reinventa su savoir-faire con una actuación sin precedentes en su carrera. El trastorno mental que caricaturiza hace de su personaje una bomba de relojería que hace saltar todo por los aires al mínimo traspié. Con oportunas licencias artísticas –cuyo examen no hemos de obviar–, Manfred arrancó las carcajadas de quienes llenaban la sala aquella noche. Y no tardarían en llegar Søren Malling y Sofie Gråbøl para potenciar, elevar y enriquecer los arrebatos del gigante danés.
El trastorno de identidad disociativo o TID es lo que, hasta hace no muchos años, conocíamos por trastorno de personalidad múltiple. Se ha descrito un amplio repertorio sintomático, del cual destacamos: amnesia disociativa, Schneiderian (síntomas de primer orden que suelen asociarse exclusivamente a la esquizofrenia, como por ejemplo alucinaciones auditivas o creencia de que los actos propios obedecen a fuerzas externas), despersonalización y confusión de identidad. Aunque no siempre sea así, Manfred parece haber desarrollado TID de forma traumagénica; sufrió maltrato infantil repetido y esto desorganizó su apego. Se estima que entre un 1 y un 1,5 por ciento de la población mundial se ajusta a este diagnóstico.

El argumento inicial pronto se subordina a otra misión hilarante. El personaje de Lars Brygmann, a medio camino entre genio y lunático, propone reunir a la mítica banda The Beatles. Eso sí, desde Ringo Starr hasta George Harrison, los músicos también han de ser como Manfred, pacientes de TID. De este modo, los hermanos transitan senderos paralelos que rehúyen de converger. La casa familiar como telón de fondo les obliga a enfrentar un pasado rebosante de fantasmas, silencio y abandono. Es a través del difunto padre como el filme ata cabos y resuelve –con cierta torpeza– las ecuaciones que plantea durante el primer acto.
En líneas generales, Jensen cumple cuanto promete; El último vikingo propina dos horas de entretenimiento con desplantes intimistas. Esta fórmula, aunque efectiva, peca de ambigua o, por muy tosco que suene, de irrelevante. Y es que el trastorno que sufre Manfred, motor de gran parte de la cinta, termina por gripar en su redundancia. Si bien es pertinente la inclusión –cuantos más cuerpos y mentes en la gran pantalla mejor–, siempre se corre el peligro de sobrerrepresentar aquello extravagante y, entonces, caer en la mera instrumentalización del paciente psiquiátrico.


















